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10 nov 2013

Polga. Contracorriente, como todos- Obuaro 193



Contracorriente, como todos- Polga

Decía el insigne D. Jaime Gil de Biedma
que lo natural es leer y no escribir…
Vuelvo a lo antinatural
a contratiempo, a contramano, contracorriente
siempre con el viento en contra,
remando con desmesurado esfuerzo
unas veces mas rápido
otras mas lento.

Los demás se cruzan sonrientes
siempre al mismo ritmo
reman acompasados, al unísono
a favor del viento,
sus caras  se ven relajadas, satisfechas.
Mi cara refleja el cansancio y se tensan mis gestos,
esprinto, me paro, desfallezco, me enorgullezco…

Por qué no doy la vuelta y remo en la misma dirección que todos?
Por qué no sigo la corriente?
No tengo respuesta, qué es lo que hago?
Sólo se me ocurre que sea mi fatum, mi destino,
O tal vez mi incapacidad, o mi torpeza, 

A contratiempo, a contramano, contracorriente
siempre en contra del viento
remando con esfuerzo desmesurado
con gesto tenso y cansado
envidiando las sonrisas y los  gestos relajados

Cuando intento dar la vuelta,
mis brazos se agarrotan, mi mente se bloquea
Por qué no sigo la corriente?
Qué es lo que hago?

Sólo lo que puedo, como todos…

@copyrightpolga

19 dic 2012

Navidad 2012-2013- Obuaro 189

Para vosotros, los míos...Siempre.



23 feb 2012

Moderación. Polgarteche- Obuaro 177

Moderación
Necesitas un café y luego dos, y luego tres... Aspiras
Trabajas sin descanso un día, dos días y hasta tres días. Revientas
Te rompes la cabeza una noche, dos noches, tres noches. Enloqueces

Echas de menos a tus amigos tres veces al día, sino dos, al menos una. Te emocionas
Amas, una muestra es suficiente, pero llegas hasta los dentros, al infinito y mas allá. Sientes
Te indignas contra el mundo cada hora, cada dos horas, a veces cada tres horas. Maldices

Decides practicar vida sana y caes desmayado después de un extenuante y absurdo esfuerzo. Te aguantas
Recuerdas el pasado, al principio es un rumor, después un eco, acaba siendo una obsesión, llega la pesadilla. Te derrumbas
Hay que cuidarse, una semana nada a la siguiente todo. Enmiendas
Disciplina, espartana dos semanas, caos las dos siguientes. Remiendas

Te enganchas con un buen libro, solo unos minutos -te dices-, y pasan tres y cuatro horas, a veces toda la noche. Disfrutas
Te haces con Doctor en Alaska al completo, podría durar el placer de su visión varias semanas, solo un episodio mas, y luego viene otro, llegas a la Sexta Temporada. Te alegras
Escuchas a Tom Waits una y otra vez, repasas cada letra, "Closing Time", reconoces cada tema con las primeras notas. Luego a Bruce Springsteen, y a Dylan, y después a Juan Diego Flórez. Sublimas

Ves una y otra vez cada película de Woody, de Ford, de Kaurismaki, robas fotogramas. Sueñas
Recitas a Gil de Biedma, te sumerges en Mc Carthy, te identificas con Buzzati, navegas con Conrad. Vives
Escribes, tachas, rompes, no eres bueno, escribes, rompes, tachas, no eres bueno. Te decepcionas
Despropósito de excesos y recesos. Intensidades, densidades, calmas, ups and downs

Necesitas tres cafés, dos cafés y un café. Suspiras

Moderación, sálvanos

@polgarteche

31 dic 2010

La Navidad de los otros. Polgarteche- Obuaro 197

La Navidad de los otros

Uno echa de menos la idea de la Navidad que ha aprendido en las películas, en los libros y en las canciones. Las navidades blancas, la felicidad de las familias reunidas cantando villancicos, la paz de sus almas, el ánimo de los corazones. La Navidad de los otros.

Pero en realidad la Navidad nunca fue así. Cuando éramos pequeños el viaje para pasar las fiestas con la familia era una tortura. Levantarse pronto, las broncas típicas del trayecto, el frío, los atascos…Después empezaron a venir las salidas disimuladas, ese escaparse a tomar algo con los primeros amigos y el novio clandestino pero un día descubierto, que en casa odiaban. Situación que te martirizaba porque ni tú ni mucho menos él entendíais el por qué de ese rechazo. Ese quedarse sin salir viendo el especial de fin de año de Jose Luis Moreno en la televisión, trataban en tu casa de evitar a toda costa que te vieras con él esa larga y perniciosa noche del 31 de diciembre.

Liberados de novios y salidas clandestinas vinieron las salidas oficiales en las que se organizaban las fiestas de fin de Año, Demasiados compromisos, tiempos de tantas amistades como fiestas a las que asistir, Madrid de punta a punta mezclando gente imposible y deseando llegar a casa, ahora que podías salir hasta las tantas, para evitar el desgaste de estos encuentros forzados.

Luego vinieron los tiempos en los que la familia, cada vez mas extensa, ya no se podía reunir porque varios de sus miembros vivían lejos, habían desaparecido o bien no se soportaban. La planificación para no coincidir, el encaje de bolillos, la mentira piadosa…

Y siempre las ganas de huir, de escapar, lejos de la familia, los compromisos, los novios clandestinos, los amigos fiesteros, quizá de ti mismo, de tu infancia, de tu idea de la Navidad, de la todavía hoy desconocida paz de tu alma, del continuo desánimo de tu corazón. El permanente deseo de que pase ese algo que nunca has hecho tuyo, ni lo será, ni así que pasen 1000 años, esa que ha sido y será la envidiable y siempre inalcanzable Navidad de los otros.

@polgarteche

23 nov 2010

Tríos y dúos. Saberes- Obuaro 191

Tríos y dúos. Saberes

Necesitamos que nos quieran. O sentir que somos queridos. O que importamos. Pies fríos. Tardes vacías. Noches largas. Días consentidos.

Tríos atacantes. Dúos perversos. Pensamientos, edades y vejez. Retornos, avances y retrocesos. Rarezas, excentricidades. Palabras, abstracciones e instantáneas. Miedos y corajes. Comedias y tragedias. Abnegaciones, aceptaciones, sumisiones.

La vida como una serie de secuencias. Como una sucesión de palabras. Como una alteración de equilibrios. Como un quinto sexto sentido. Claudicación. Desencanto.

Necesitamos querer, creer que queremos y saber que alguien nos importa. Noches vacías. Tardes largas. Manos frías. Días sin sentido.

@polga.noviembre 2010

29 jul 2010

Congojas del estío 3- Obuaro 184

La añoranza fácil

Si dijera que añoro el otoño no mentiría. También sé que la mayor parte de la gente no comprendería de qué hablo. Ese estar con la gente y no contar tus planes de verano. Ese no querer hacer cosas excepcionales. Ese discurrir entre una nada no cuestionable. Esa rutina aplastante que convierte en novedad un pequeño desvío. Ese no sentirse tan solo, tan lejos.

Y cuándo llegue el otoño añoraré el invierno pasado o quizá esa primavera suave de 2003 que me invitó a creer en la inalcanzable felicidad. O esa sonrisa fácil de 2002. O ese "todo va a ir mejor" de 2001. O aquel "alcanzaré mi sueño" de 2000. O aquel carcajeante café con cucaracha de 1999.

@arteche

7 jul 2010

Congojas del estío 2- Obuaro 182

El Golpe

El mundo se mecía, aparecía y desaparecía a mi alrededor. O quizá era mi cabeza que iba y venía con ritmo cadencioso hacia la temida decrepitud. La lámpara se clavó en el suelo. La cabeza buscaba aterrizar en el techo, entre los cristales de la lámpara, que parpadeaban engañando la oscuridad. Mis ojos cerrados veían luces en una calurosa y negra noche de verano. Yo que siempre había querido tener el mundo a mis pies y me encontraba de pronto a los suyos. Aparecieron las náuseas, el asco, el mareo, la impotencia... .Cuando iba ya a presentar mis respetos al vencedor pidiendo clemencia una vía cogida en el antebrazo favoreció la entrada de un líquido reparador que hizo desaparecer el profundo malestar, la presencia de una inmensa sombra y la sensación de estar fuera.

Me dicen que fueron simplemente los efectos del fuerte golpe en la cabeza los que me pusieron a merced del mundo. Una conmoción sin más. Todavía siento el dolor del golpe en mi rostro, y veo venir, si cierro los ojos, esa enorme sombra, y recuerdo con extraña claridad sus devastadores efectos, su arrastre hacia la inmensa oscuridad...en lo que estuvo a punto de ser una rendición sin condiciones.

Sé que esto que cuento fue verdad y no una pesadilla producto del agotador y caluroso estío por los puntos de sutura que ahora marcan mi rostro. Por las manchas que ha dejado la sangre que cayó tibiamente por mi sien en mi camisa preferida. El mundo se mecía a mi alrededor, aparecía y desaparecía...con esa cadencia.

@arteche

1 jul 2010

Congojas del estío 1- Obuaro 181

Verano 2010

Ya llegó el verano. Estío, sol y hastío. Planes vacacionales. Disfrute del llamado buen tiempo. Tardes de 36ºC, noches de 84 ºF. Noches con visitantes voladores que entran por la ventana. Se refugían del calor. Buscan alimento. Está en tí. Tu sangre. Poco se diferencian de los habitantes diurnos. Entran por la puerta. Se refugían en el teléfono. Buscan alimento. Está en tí. Tu sangre.

Queda el uso del matamoscas. Pero también es tóxico. Ya llegó el verano. Estío, sol y hastío. Búsqueda de alimento. Tu sangre.


@arteche

24 oct 2008

De los secretos y su lugar en la niñez, el baño- Obuaro 141

De los secretos y su lugar en la niñez- el baño


En casa recuerdo que no había pestillos en las puertas. Un tiempo hubo sólo uno en el cuarto de baño, pero un buen día una tía mía se quedó encerrada y tuvo que venir el portero y hacer un agujero muy grande para poder sacarla de allí, por lo que a partir de entonces, y como medida de prevención y para evitar dramas familiares como el sucedido, nunca mas se volvió a colocar, -se castigó-, que decían en mi casa. No había, aunque nadie accediera a tu espacio mas o menos privado sin llamar antes- que para eso estaba la educación-, habitación alguna en la que te pudieras encerrar a cal y canto sin riesgo de ser descubierto. Y eso no te permitía una de las cosas que mas desean los niños: tener, guardar, compartir, y atesorar sus propios secretos.

Por aquello de los secretos- tener secretos, guardar secretos- creo que me gustaban las cajas fuertes pequeñas y brillantes que vendían en las ferreterías y llegué a estar convencida que detrás de alguno de los enormes cuadros de alguna de las casas que frecuentábamos se hallaba una de esas enormes cajas fuertes, con una combinación muy difícil de adivinar, como en las películas en las que había que acabar por dinamitarlas para abrirlas, y que dentro encerraba el mapa de algún tesoro que sólo yo podría desvelar. Porque los secretos se guardan en un lugar bajo siete llaves o con combinación imposible. Y los buscaba en otros sitios, porque en casa, no había lugar para ellos.

Quizá porque en su día fue el único lugar con pestillo y todavía guardaba en sus paredes ciertos secretos a la manera de las voces que se oyen en las psicofonías grabadas en edificios misteriosos que alojan un sinfín de historias en su interior- , o porque el cuarto de baño parece un lugar que va a ser mas respetado que el resto porque en él se realiza la higiene íntima, durante un tiempo, este lugar tan poco paradisíaco se convirtió para mí en un pequeño refugio. Un especie de cofre grande lleno de sanitarios y productos de aseo personal.

Tanto fue así que di una y otra vez vueltas a la idea de reconvertir ese espacio en una vivienda para una sola persona, una especie de urna, de gran caja fuerte en la que pudiera mantenerme escondida en secreto. La bañera podía hacer de cama por las noches, en el armario podría colgar la ropa y algún libro podría ir sobre la puerta situando allí una estantería. Agua tenía y podía beber y ducharme, y para comer tendría que acabar saliendo fuera- pero podría aguantar con poca cosa un tiempo- porque aquel no era un lugar para ingerir ningún tipo de alimento por mucho que me empeñara en que podría tenerlo desinfectado sometiéndolo a dos o tres sesiones de lejía diarias.

En su interior imaginé, siempre he imaginado tantas cosas, tan imposibles, y tantas veces, que recibía a mis amigos, escuchaba música, leía, estudiaba con un flexo algo pop que había colgado del techo y hasta había situado mentalmente bajo el lavabo una pequeña nevera como esas que había en los hoteles. Quería convertir el baño en la caja fuerte que no tenía y me quería encerrar dentro con todos mis secretos.

Quise convertirme y sin saberlo, en una persona de esas que viven en espacios muy reducidos con todos sus secretos y enseres encima, en condiciones muy precarias y que salen a veces en los programas de televisión de tarde denunciando sus condiciones de vida buscando una subvención, o un piso nuevo, o lo que caiga. Eso sí duchándome varias veces al día y rodeada de lejía, limpia cristales, jabones, geles de baño, colonias y demás útiles de limpieza, cuya mezcla de olores, al decir verdad, creo que me dejaban un poco fuera de juego y a merced de esta imaginación mía cuasi desbordante.


Guárdame el secreto, hoy todavía, a veces, me reconforto encerrándome dentro de un espacio e imaginando que tengo todo lo indispensable para subsistir el tiempo necesario para sobrevivir a lo que me hay fuera. Y mientras pasa el chaparrón, me ducho y abuso como entonces de geles, colonias, cremas y productos de limpieza, aunque con el pestillo sin echar-que se castigó- hace ya mucho tiempo.



@Arteche Octubre 2008

Del insomnio y del miedo a dormir- Obuaro 140

Del insomnio y del miedo a dormir

Así eran mis noches…

Recuerdo cuando era pequeña esa especie de inquietud y preocupación que me abordaba en el momento de ir a la cama. Había que acostarse pronto para madrugar al día siguiente. Ese haber que siempre ha provocado en mí un automático rechazo. Desde entonces distraigo tanto el hecho de acostarme como el de madrugar, quizá fruto de un simple trauma infantil. Busco cualquier excusa para no acostarme, también cualquier excusa para no levantarme. Sin embargo, las excusas para no acostarme resultan siempre mas rotundas, convincentes, razonables y efectivas que las de no levantarme. Quizá porque las primeras las formulo ante mí misma, y siempre las acepto como “animal de compañía” aunque sean absurdas y repetitivas: beber agua para evitar que me entre sed, mirar si las luces se han quedado encendidas cuando tengo la certeza de ni siquiera haberlas encendido, buscar el significado de una palabra en el diccionario como si me fuera la vida en ello, comprobar que aquel libro cuyo título me ha venido de repente a la cabeza está en la caja cuarta de la columna del armario, escribir unas pocas líneas de un pretendido relato que parece en esos momentos superar la habitual mediocridad…

Cuando me acostaba, allá por los años de mi mas tierna infancia, mis padres dejaban la puerta entreabierta para que se colara en mi habitación un poco de luz, se reflejaba el resplandor de la televisión en las paredes y resultaba muy reconfortante esa compañía en el momento en que hacía el repaso de mi día ya por aquel entonces anticipadamente inútil. Al rato, en silencio, me solía levantar sin hacer el menor ruido y en cuclillas asomaba la cabeza por el marco de la puerta para ver aquellos rostros parlantes de una televisión todavía en blanco y negro. Luego, pasado un tiempo que me parecía una eternidad, y que no debía ser tanto- ya que el tiempo cuando eres niño pasa muy despacio, para ir acelerándose con el paso de los años, hasta imagino convertirse en un suspiro en la vejez-, volvía a la cama con la satisfacción de no haber sido descubierta por una parte y con la culpa- he cargado a menudo con todo tipo de ellas-, y el pesar de haber hecho lo que no había que hacer, “acostarme pronto y dormirme rápido para levantarme temprano”. Una vez en la cama, quizá por los nervios de la travesura nocturna, creía ver claramente la sombra de un indio, si, un apache piel roja con el penacho de plumas, los brazos cruzados sobre el pecho y un machete en una de sus manos. Y esa imagen me turbaba enormemente e impedía que conciliara el sueño con tranquilidad. El indio comanche era tan sólo el presagio de la noche que me esperaba, tremendamente agitada, en pie de guerra y expuesta a todo tipo de aventuras y desventuras nocturnas que eran mas reales que las grises cotidianeidades diurnas, aunque ni de día ni de noche conseguía nunca llegar a firmar el anhelado armisticio y fumar satisfecha la pipa de la paz.

Por la mañana, cuando mi madre entraba en la habitación a despertarme y pronunciaba las palabras “ arriba, que ya es la hora” yo me debatía entre el cansancio por la falta de horas de sueño, la agitación por todo lo que había “soñado”, “en color”, durante la noche, y la inquietud por lo que había de venir durante la jornada, en la que me enfrentaba a la afrenta de cumplir las expectativas que los que me querían y a los que yo quería, habían puesto en mí, a sabiendas de que me distraería inevitable y no se si también afortunadamente de mis ambiciosos propósitos.


Y así continúan siendo…


@Arteche Octubre 2008

26 feb 2008

Polga. Mensaje en el contestador- Obuaro 126

Mensaje en el contestador

Sí, soy yo. Cuando escuches esto ya estaré lejos, muy lejos, he abandonado patria, amigos, familia y hogar, camino a ninguna parte.
Deja ahora el mensaje de reproche que quieras en el contestador, después de que suene la señal. La respuesta será el silencio, por mas que lo intentes…
Es ya tarde

Polgafebrero2008

Polga. Cucarachas y despedida- Obuaro 125

Cucarachas y despedidas

Desde que te has ido me he aplicado a la gratificante tarea de exterminar las cucarachas de casa.
Todas las noches, antes de acostarme rocio cada rincón del baño y de la cocina dónde creo que tienen su guarida.

He acabado ya con cinco, pero debe haber muchas mas. Entiendo que podré olvidarte y acabaré mi duelo cuando no quede ni una sola.

Pero todavía es invierno, no con los crudos fríos de antes, pero invierno, y mi moral decae cuando pienso que la primavera llegará y seguirá acompañándome inevitablemente algún blátido llevando los huevos en su oblongada ooteca y depositándolos una y otra vez por los rincones de la casa.

Y así, llevaré siempre tu recuerdo por los rincones de mi oblongada y cargada alma, por el discurrir de esto que llaman vida.

Cucal máxima eficacia...

@Polga febrero 2008

1 ene 2008

Polga. Los Santos de Noche Vieja -Obuaro 113

Los Santos de Noche Vieja

No sabía si este año en mi ausencia me habrían echado los Santos, hacia ya mas de tres años que no era protegida por un Santo y una Santa de los que nos repartíamos la noche de fin de año. Nunca supe de dónde venía esa costumbre. Cada uno de los presentes en la mesa, inmediatamente antes de las 12 campanadas, proponía un Santo y una Santa. Se apuntaba cada nombre en un papel, se doblaban cuidadosamente para que nadie los identificase, el sorteo no podía ser ante notario que era día festivo. Tras la última campanada, y el primer brindis quemábamos los papeles con los Santos del año anterior. Sólo entonces les imputaba alguna culpa o responsabilidad. Mirábamos cómo se quemaban, disfrutábamos del humo, el fuego y el olor, mi hermano atizaba las pequeñas llamas con los restos del corcho de la botella de cava. Yo mientras deshacía los nudos del protector metálico del corcho acercándolos al fuego hasta que me quemaban los dedos y tenía que soltarlos. A continuación, por orden de edad, cada uno seleccionaba de la sopera de alpaca en la que volcábamos los papelitos a un Santo y una Santa que le protegerían el resto del año. Además se proponían dos más, que eran los protectores de todos. Detrás escribíamos claramente su nombre. Nunca fuimos ni volveríamos a ser más “todos” que en esos momentos.

Nunca nos protegieron mucho nuestros Santos, o eso al menos creíamos, quizá sin ellos hubiera sido todavía peor, eso nunca lo sabremos. Pero aún así, echo de menos el ritual, la propuesta, la quema y el procedimiento del sorteo final. Detrás de cada nombre de Santo mi hermano escribía cuidadosamente a quién le había correspondido. Nos quejábamos, nos tocaba siempre el que no queríamos, o eso decíamos, que preferíamos siempre otro, aunque no sabíamos por qué. Había que quejarse del Santo para que mi madre nos reprendiera con el consabido- “no sabes como va a resultar”- . Parecía que se tratara de un electrodoméstico siempre en garantía y con sustitución segura el 31 del año siguiente.

En mitad del sufragio mi madre atendía entre lágrimas y con la voz entrecortada las llamadas de felicitación navideña. Unas veces las lágrimas procedían de la emoción, otras, cada vez con más frecuencia de las ausencias, y alguna otra, de la tristeza que se había ido apoderando de su ser y de nuestro entorno porque la vida no era cómo la habíamos imaginado, era aún peor, y ningún Santo conseguiría que nuestro gris destino no se cumpliera, nunca conseguiríamos salir de lo negro, era tarde, la luz nos dañaba la retina .. Ese día había llamadas esperadas, deseadas, y no recibidas, y no queridas. Un buen día, no recuerdo de que año, la ansiedad que provocaba la incertidumbre de las llamadas se redujo considerablemente con la sustitución de estas por los mensajes de móvil, esos sms fáciles, estándares, despersonalizados y con los que no había que oír la voz siempre quebrada por la emoción y las lágrimas de mi madre.

En los ojos vidriosos y verdes de mi madre se leía una tragedia, la de la propia vida, que estaba siempre por venir; no nos decía nada, pero lo aprendimos, siempre supimos que lo que nos esperaba en el futuro y en el porvenir sería más desordenado, más doloroso, mas duro que aquel momento de reproche a nuestros Santos. Y que cada vez estaríamos más solos. Todo ello iba e iría con nosotros por lejos que viajáramos en el tiempo y en el espacio. Era nuestra ruta, nuestro pesado equipaje para un destino que discurriría por vericuetos de sombras y oquedades. Y los Santos, nuestros Santos de aquel entonces lo sabían, y a su modo, ahora estoy convencida, nos protegían, y a veces continúan haciéndolo para que no reneguemos de ellos y su duro trabajo anual en esas noches de celebración y fiesta que eran las noches de fin de Año. Ahora creo que eran ellos los que estaban esperando con ansia el fin de Año para cesar cuanto antes de sus funciones y ser sustituídos.


FIN

Polga@1-1-2008

27 abr 2007

Polga. Por la cándida adolescencia- Obuaro 95

POR LA CÁNDIDA ADOLESCENCIA

El mundo se convierte en lo que es: una fiesta salvaje en la que el fuego
es un precio que acepto por las veces en las que igual que un sol brilló mi vida,
pues solo brilla así lo que se quema.
(Vicente Gallego).


Laura ante el espejo del dormitorio se atusaba su media melena luciendo sus mejores galas cuando Germán abría la puerta de la calle con ese ademán cansino propio de los viernes por la tarde.
Aquella noche tenían una cena con sus viejos y antiguos amigos, otrora de cada uno, hoy ya comunes. Era la cena mensual, esa “ ineludible” cita en a la que solían asistir una vez al mes, pero ya hacía tres meses que el trabajo, los hijos, las dietas, el cumpleaños de la suegra, los achaques de la edad, y el hígado de Germán, se lo habían impedido.

Él, en contra de los consejos del que llamaba el Dr. Infierno se sirvió una cervecita, mientras esperaba que Laura se cambiara por tercera vez de vestido en un vano intento por disimular el prominente vientre que decía no saber por qué, había echado.

El ritual previo a estas cenas desencadenaba una serie de reacciones ataque contraataque entre ambos que parecían no poder o bien no querer evitar, jugando como los niños que ya no eran. Germán se quejaba de que siempre se celebraran las dichosas cenitas los viernes porque él estaba cansado del trabajo. Los otros podían quedar sin problema los viernes porque no daban un palo al agua, pero él... Parecía, por sus afirmaciones ser la única persona que trabajaba, y que además lo hacía duro y bien, y no había más que decir.

Laura repetía que ella trabajaba fuera y en casa y que se encargaba de los niños, porque tener hijos no era solo traerlos al mundo como pensaban algunos. Asumía ese papel de mujer liberada de tertulia radiofónica que impedía (paradoja esta) cualquier tipo de réplica posterior.

Cierto es, que en el fondo, ambos experimentaban la sensación de que la cita era inevitablemente agradable, una de las rutinas menos tediosas de su vida cotidiana. Buenos amigos y tiempo para compartir la antigua alegría de estar juntos. Todo en un intento de engañar a la desilusión.

El primer impacto del encuentro siempre era duro. Los saludos de rigor, el qué tal los niños, el frío o el calor, y el maldito tráfico. Esas miradas que buscaban complacientes una cana o una incipiente calvicie en el amigo; las arrugas de al comisura de los labios, o la flacidez de la parte superior del brazo de la amiga. Superados estos primeros momentos de tensión, se rompía definitivamente el hielo, la atmósfera se relajaba y fluía naturalmente el segundero del tiempo. Se dejaban ir, y les embargaba ese sentimiento de camaradería en el que las barreras descienden lentamente, pero sin remedio. En el que la arruga, si bien no es bella, le da a uno mucha personalidad, los kilos de más le dan cierta tersura a la piel y hasta se adivina un bonito perfil de cabeza entre nubes y claros del escaso pelo.

Una vez sentados y con esa botella de buen vino como testigo, el ritual se iniciaba con ese brindis en que levantaban sus copas por la cándida adolescencia evocando con sus miradas memorias que no eran ni muchos menos de África. Era el brindis que Germán, buen aficionado al cine, había pronunciado en esa primera cena por los viejos tiempos, haría de eso ya casi cinco años.

Laura iniciaba la conversación con unos de esos temas de actualidad propio de una persona de su tiempo, con criterio, y bien informada. La tasa de paro, los tipos de interés, la progresiva globalización, y las tensiones inflacionistas que disparan los precios reduciendo considerablemente el poder adquisitivo del contribuyente.

A continuación, llegaba el turno de quejas contra el mundo, ese que no les comprendía y las excluía de sus planes sin su permiso. Ahí, Germán tomaba el relevo para recordarles irónicamente que para ellos el mundo no era mas grande que la mesa alrededor de la cual estaban sentados, que no tenían ningún derecho a quejarse, y que no tendrían vergüenza si lo hicieran. Sería un ejercicio de autocomplacencia con el que solo pretendían escabullirse de ser uno mas en la corte de súbditos traviesos que buscan desde su ira terrible ser adulados y sentirse a la vez bien con ellos mismos. Una gran burla, una gran mascarada.

Laura intervenía entonces abandonando el tono de reproche para combinar con éxito el chiste casi soez, la palabra malsonante y el humor grueso con los grandes ideales por la libertad y la justicia a lo Simón Bolívar, como cuando niña, más bella que nunca, intentando inútilmente arar en el mar. Criticaba con ingenio y habilidad, como solo ella sabía, ante la mirada de aprobación de Germán acontecimientos familiares cotidianos y problemas sexuales del común de las parejas. Solo ella, y el insigne Woody Allen eran capaces de teñir de cierta ternura y encanto hechos tan rutinariamente vulgares.

La realidad se fragmentaba, no importaba. La nostalgia se colaba sin invitación ocupando la cabecera de la mesa. Ella era la anfitriona a la que llenaban una y otra vez la copa. Los recuerdos cambiaban y Germán se convertía, narrado por el mismo, en un perfecto Calibán, una mezcla de D. Juan y patán conquistador que las mataba solo con la mirada. Y Laura sonreía porque allí sentada le veía defensor de la vida, rebelde, arriesgado, como cuando niño, más alto que nunca. Solo él y posiblemente Gregory Peck en el Manantial sabían culminar tan histriónica escena con ese gran beso final.

Entre risas exageraban sus conquistas, sus aventuras, sus flirteos. Rescataban sus olvidados orgasmos. Ante tanta euforia Laura instintivamente destapaba discretamente sus hombros para lucir lo oculto de su insinuante cuerpo, y Germán destapaba ostensiblemente su boca para lucir lo oculto de su generosa alma. Y a todos, les acudía al estómago esa dulce congoja mezcla de sólido, líquido y gaseoso, ese cisne negro de Kant, que era la amistad.

Y así, transformaban las derrotas en victorias, tantas victorias como sonrisas, tantas victorias como sorbos daban a sus bonitas copas, tantas como propósitos de rearme en el círculo de flotación de sus maltrechas almas.

Y el concierto subía de tono. Cada uno hacía sonar su instrumento como el mejor maestro en estado de gracia. Y sonaban, y hacían esa música de la cándida adolescencia golpeando con sus cubiertos las copas a la manera que les enseñara Fofó en “Había una vez un circo..”. Y la virtuosidad de sus sueños incumplidos e imposibles les unía más de lo que está unida la muerte al porvenir de cada hombre. Nada, desveladas ya sus fortalezas y debilidades, nada, podría separarles, sin romperlos.

Renacía el orgullo entre ellos, planeaban fines de semana, retaban al tiempo, desafiaban al espacio, prometían que nunca faltarían a la cita; ni niños, ni trabajo, ni suegras, ni dietas, ni el hígado de Germán, que había prometido que se lo tomaría por fin en serio. Levantaban sus ánimos y acababan con las defensas completamente rotas. Terminaban cantando, sin el más mínimo pudor en un karaoke de barrio cualquier rancia ranchera a dúo con Rocío Durcal; ó imitando a Fred y Ginger, o a Travolta moviendo los pies con la ligereza de Aquiles y elevándose por los aires con la facilidad de Jordan. A ratos, bailaban agarrando a la vida por los pelos en un esfuerzo por hacerle el boca a boca para que no les dejara, para que aunque solo fuera por ese momento les permitiera morder algo más que el polvo.

El ascenso les seducía como antes lo hiciera el descenso. Porque había algo de atracción en el vértigo que conducía al vacío de la esperanza. Quizá no era más que un nuevo despertar, no menos, que el reverso de la desesperanza.

Y al final de la noche, Germán y Laura, sin saber cómo, acababan sentados uno al lado del otro, exultantes, pensando que habían vencido al destino y su triunfo era el de estar juntos y junto a sus amigos aquellas noches mensuales de los viernes.

De regreso a casa, ella conducía lentamente mientras él, como un prestidigitador se sacaba de la manga una copa y farfullaba brindando una y otra vez con el retrovisor por la cándida adolescencia y los paraísos perdidos y nuevamente encontrados.

Laura se quitaba las medias, evitando el espejo del dormitorio, deslucida por sus mejores ojeras. Germán, a duras penas, abría el embozo de la cama y abrazando su copa le decía que la quería, que nunca había dejado de quererla, como cada viernes por la noche cuando regresaban de la cena con sus amigos. Como algún que otro sábado. Fruto de sus cándidos sueños... adolescentes.


polga@copyright

19 mar 2007

Polga. Engaño- Obuaro 87

Nunca quise hablar de mí sinceramente
fingí a menudo ser quien no era
Como todos alguna vez
por juego o miedo
me he disfrazado por dentro y por fuera.

La vida de los otros no me importa
no por bondad
sino por tener bastante con los unos
y conmigo, que es para tanto

Me equivoqué a menudo
y me sigo equivocando
siempre muy a mi pesar
con mis muchas culpas cargando

Busqué sin encontrar
y sigo buscando
la verdad, la belleza y perfección
a la vista está
sin nunca lograrlo

Deudas con otros no tengo
pero sí conmigo misma
el enemigo mas serio
al que hasta ahora me enfrento

Me quieren mas que quiero
o eso dicen, no me quejo
De la realidad me defiendo
panza arriba, como puedo
a golpe de ficción y sueños

A veces pierdo el rumbo
me obsesiono y me confundo
las neuronas se aceleran
se dispara la cabeza:
coche, casa, casa, amigo
amigo, Homero,
para acabar en Quevedo…

Una bala me atraviesa
Estoy tocada, piso en falso
todo es negro,
me sumerjo, me indigesto,
me torturo
la locura se presenta

Nos hablamos, nos retamos,
agotamos
y por fin una nueva tregua nos damos
Hasta pronto, ya me río
que no me abandone la suerte…

Nunca queriendo he hecho daño
no por bondad
sino porque me olvido contando
cuentos, historias, milongas, tarantos…
o con la locura pactando

Nada nunca es tan serio
que no permita humor por medio
Y nunca me atrevo
por no ser cursi
a hablar de los amigos,
el único triunfo que de verdad tengo.

Nunca quiero hablar de mí sinceramente
finjo a menudo ser quien no soy
digo lo que no es, enredo
por juego o por miedo
me disfrazo por dentro y por fuera
y engaño con estos pésimos versos…

17 mar 2007

Polga. Epi, Blas y los demás en Navidad- Obuaro 73

Dicen que la Navidad es la infancia, si la infancia ha sido de Epi, Blas y los demás, la Navidad es Barrio Sésamo. Y todo gracias a la propiedad transitiva que nunca supimos para que valía...


Huyamos del espíritu de la Navidad. Nos persigue, pero tenemos que ser mas rápidos. Aún así, si no puedes contra el enemigo, únete a él. Sal a divertirte como nunca con un gorro de Papá Noel en la cabeza o bien unos cuernos de reno con luces en los extremos, ponte a dieta a partir del día 1, apúntate al gimnasio y a inglés o francés, formula muchos propósitos para el año que viene, llama para cenar a los miembros de la asociación de antiguos alumnos de tu colegio( mejor aún si ibas poco por clase), organiza una comida con los miembros de cualquiera de las secciones o asociaciones culturales de tu antigua facultad que detestabas entonces, juega con tus compañeros de trabajo al amigo invisible con precio tasado, compra regalos para tu suegra y sobrinitos, adquiere una participación de lotería en cada establecimiento que frecuentas( en la que donas un 25% a un club de futbito, cocina o macramé), intenta reservar, en cenas y comidas varias, mesa en el primer turno y llévate el termo para tomar el café en la calle o en el coche para dar paso al ansioso segundo turno puesto de pie a tu lado metiendo la manga de su abrigo en tu copa de pacharán, intenta coger un taxi sobre todo si hace frío, llueve o te mueres de ganas de ir al cuarto de baño, embóbate con los programas navideños en los que se recolecta tu dinero para cualquier causa justa, ... siéntete un poco mas culpable por no ser bueno ni solidario, recibe el Año con el especial producido por Jose Luis Moreno aunque no le ponga su voz en off, y no te pierdas de ninguna manera en el cine los estrenos navideños de las comedias familiares con un padre ridículo siempre dispuesto a disfrazarse de Santa Claus mientras sus hijos fingen no reconocerle y él se siente satisfecho mientras guíña el ojo a su mujer. Si tienes hijos, no olvides visitar Cortilandia cualquier sábado a las seis de la tarde, y por supuesto acudir a la cabalgata de los Reyes Magos que irán este año en excavadora o tuneladora por Madrid después del bombardeo. Para ambos eventos cálzate unas botas con punta de acero y de siete leguas que te serán muy útiles.


Quizá la Navidad es para los niños y por eso es la infancia. Pero cuando ya no puedas mas aguanta estoicamente y sin pestañear el concurso de saltos de esquí de la mañana del día 1 y "Que bello es vivir" de Frank Capra la madrugada del 24, "no me pegue en el oído, no me pegue en el oído"; si este año no la emiten en la programación habitual la pongo en el DVD, pero no falto a las tradiciones. Que nada se tuerza, nada como una buena entrada de Año disfrutando de los placeres habituales que la Navidad nos ofrece. Ah, y que llueva para que no podáis esquiar...





Thursday, December 14, 2006

Polga. La que se nos viene encima- Obuaro 70

La que se nos viene encima

Y ya queda menos para el próximo año
un año mas que es lo mismo que un año menos
nada espero de él… algún susto,más sinsabores¡
¡la que se nos viene encima!

!y un nuevo descenso a los abismos,
que nunca se ha llegado demasiado abajo
el fondo no llega
y es oscuro y negro, se hace largo.

sólo espero
poder hacer algún exceso, cada vez menos
por cuestiones de salud y de peso,
reír a veces
y poder mantener el sentido del humor
que es lo único que me salva
de los demás, de mi misma,
del suicidio y otras suertes.

salvarse, redimirse,
obtener el beneplácito de los dioses…
demasiado tarde
ya todo esta perdido mejor
ya todo es completamente inaprensible
porque para perder
hay que haber tenido
y yo solo soñaba que tendría,
y siempre antes de tener
perdía.

Y ya queda menos para el próximo año
¡la que se nos viene encima!,
alucina vecina;
chúpate esa vecina
y sin pedirlo a los Reyes Magos,
que supe en su día que no existían
pero ahora sé que
tampoco son los padres.

Friday, December 08, 2006

Polga. Seres supérfluos-Obuaro 82

El sol entrando por la ventana se ha empeñado hoy domingo 14 de enero de 2007 varias veces en despertarme. Pero he acabado ganándole la partida y me he levantado a eso del medío día. Pocas personas se pueden permitir este lujo, para que esto que cuento sea posible tienes que ser un ser muy solitario y muy prescindible.
Estas sensaciones de libertad y desapego suelen solo ocurrir cuando se está de viaje de negocios en uno de esos "tiempos muertos", en los que no estás en tu casa y esperas cualquier acontecimiento de trabajo al día siguiente, de pronto te encuentras en un hotel, fuera del mundo, con la única misión de darte un vuelta mapa en mano, si te apetece. Si te ocurren en tu ciudad, en el lugar en el que supuestamente se encuentra tu familia, tus amigos y tus seres queridos, si nadie te molesta, si nadie te quiere ver, ni comer contigo, ni saber de tu vida, ni tan siquiera pedirte un favor, has conseguido lo que no es nada nada fácil, pasar a la categoría que yo denomino "seres supérfluos".
Los seres supérfluos somos esos que si desapareciéramos un buen día nadie nos echaría en falta ni se daría cuenta de nuestra ausencia. Somos de esos seres cuyo cadáver sería descubierto por el sospechoso hedor que se cuela por debajo de la puerta.
Qué solos estamos... pero a cambio siempre podremos dormir una mañana de domingo y engañar al sol que intenta una y otra vez despertarnos para lo que muchos llaman " disfrutar del día".


Sunday, January 14, 2007

Polga. Súplica- Obuaro 58

Y he comprobado una y otra vez si estaba apagado el fuego,
Y otras tantas veces si estaban apagadas las luces,
y las velas.

He repasado el día y mis culpas
el pasado y los errores
lo que pudo haber sido y no fue,
la causa, la causa de la causa,l
a causa del mal causado.

He identificado y clasificado una a una las citas
que se han agolpado en desorden en mi mente,
me he cercionado de que había regado las plantas,
apagado el ordenador
puesto a cargar el móvil
y el despertador en hora,
eso varias veces
por ese miedo a dormirme, tanto como a despertarme.

Por todo esto que aquí te explico, Señor,
Y aunque te agradezco no haberme hecho cirujano cardiaco,
conductor de autobús de niños
o desactivador de explosivos,
te suplico que te quedes algún día un poco en mi lugar
solo un rato,
mientras voy a un recado
mientras hago unas compras
mientras deshago la cabeza como deshago unas maletas…
hechas sin orden ni concierto.

Y te advierto, no te miento, puede que algún día no vuelva…

(Polga)

Polga. Jasón y el Olimpo- Obuaro 32

Jasón y el Olimpo.

No es posible decidir sobre el color del cielo, pero lo bueno, es no desearlo. (A. Gamoneda)

Arturo vivía en una pequeña capital de provincias, en el último piso de la única gran torre de toda la ciudad. Su tío, D. Eustaquio, concejal del ayuntamiento siempre hablaba de esta construcción como la mayor tropelía especulativa de los años sesenta. El responsable de esa monstruosidad había sido al decir de la madre de Arturo, su padre que nunca había ejercido como tal. Pero a Arturo, ajeno a ilegalidades urbanísticas le había gustado siempre aquélla casa, era mas alta que el resto, y desde su azotea se divisaba absolutamente todo, le permitía revisar a golpe de pájaro el cielo y la tierra, lo que le hacia sentirse desde allá arriba como el amo del mundo.
Además, su querido abuelo Jasón, había convertido la azotea de la casa en un verdadero paraíso para un niño, y también para un viejo. El atractivo que en ambos, abuelo y nieto despertaba la azotea no era compartido por su madre a la que le parecía un sitio sucio, siempre lleno de polvo de la calle, frío en invierno y caluroso en verano; ( lo raro, - pensaba Arturo, mirando atentamente a su madre- hubiese sido lo contrario), feo, desagradable y con deposiciones de palomas, gorriones y demás bichos por todas partes.
Entre las antenas y las claraboyas, mi abuelo, había colocado unos antiguos bancos de madera que nos había facilitado el tío Eustaquio a un módico precio tras la renovación de los bancos a la que había procedido el consistorio. El nuevo mobiliario urbano decían que se parecía mucho al de París, y así debía ser, porque mi prima, la hija de Eustaquio, que estudiaba en un buen colegio de Madrid, había estado allí en un viaje de fin de curso y así lo corroboraba.
También mi abuelo había dispuesto tres mesas de manera circular. Hasta que el abuelo las arreglara, y eso que mi madre decía que no valían para nada, habían sido apiladas y olvidadas en el cuarto trastero que nos correspondía en el sótano del edificio, y del que mi madre presumía constantemente, porque ¿dónde pondría uno esos muebles pasados de moda y que están completamente nuevos?. Alguna vez podrían ser útiles para algo o para alguien, ¿verdad, papá?.Sobre las mesas, para mi total júbilo podían encontrarse juegos antiguos, naipes americanos, postales, papeles, compases, transportadores de ángulos, y esos libros de tapa dura antiguos, con muy pocos dibujos y a veces con grafías extrañas, que a mí me parecían tremendamente aburridos y que eran, así los definía mi abuelo, libros científicos para mayores.
Pero lo que definitivamente la madre de Arturo no podía soportar era la presencia del telescopio en el mejor lugar de la azotea. Ese lugar debería haber sido ocupado por un magnífico tendedero, o por una cómoda y amplia tumbona para tomar el sol y ser por una vez la envidia de las vecinas. Ese inútil telescopio era, según sus palabras, lo único que siempre había importado al abuelo, su padre. Ese maldito telescopio, que no había traído mas que desgracias a esta santa casa, porque, ya me dirás tu-repetía una y otra vez mi madre-cómo habiendo llegado a ser un ilustre profesor de una de esas universidades norteamericanas de las que tanto se habla en las películas y hasta en los telediarios..., cómo se puede acabar aquí, sin dinero, sin mujer, viviendo en casa ajena, a plato y mantel, malgastando el tiempo en una azotea llena de excrementos de pájaros con la única compañía de un mocoso, que sueña, para colmo con ser como su abuelo. Aunque no sé bien que es mejor, se dirigía entonces a mí mi madre, que te parezcas a tu abuelo o que te parezcas a ese que dice ser tu padre. Porque si te pareces a tu padre, apañados vamos. Yo aquí luchando con dos niños, el mío y mi padre. No, si a mí me vais a matar a disgustos; nieto y abuelo, abuelo y nieto, tanto monta monta tanto, Isabel como Fernando. Y no me mires con esa cara papá, que bastante tengo con todo, no me repliques ni con mirada. No me pongas de los nervios y no me hagas hablar delante del chiquillo.
¡ A quién se le ocurre!, -continuaba mi madre diciendo a voz en grito-.” Abandonarlo todo, así sin mas, como que no quiere la cosa, ¡si mamá pudiera verte desde el cielo!, le matabas de nuevo de un disgusto, con todo lo que ella luchó para conseguir lo poco que teníamos. Claro, y mientras la otra disfrutando de lo nuestro, como si fuera de ella. La muy arpía, no, si....y tu, dale con que el dinero no es lo importante, sino librarse de gente así a nuestro lado, que tenemos lo que necesitamos para vivir, que las cosas realmente importantes en la vida no tienen precio, que todo es cuestión de dignidad. Sí papá sí, pero con la dignidad no se come, ¿sabes?, ya lo dice el tío Eustaquio que es nada menos que concejal del ayuntamiento, que la dignidad es solo para borrachos y perdedores. Anda, quítate de mi vista, que me pones enferma, súbete allá arriba con el mocoso de tu Arturo, y vuelve con tus locuras y tu telescopio. Y procura no llenarle la cabeza al niño con tus tonterías. Que ya solo nos faltaba eso...
A mí no me gustaba oír aquellas reprimendas que mi madre le echaba al abuelo porque yo quería mucho al abuelo, y me gustaban mucho lo que mamá denominaba sus locuras, y me encantaba que me dejara mirar por el telescopio, y también me daba cuenta que el abuelo aunque no decía nada bajaba la cabeza y se quedaba triste después de estas broncas de mamá. Alguna vez descubrí alguna lágrima furtiva en el objetivo del telescopio que al abuelo se le había pasado secar. A continuación, siempre después de estos monólogos de mamá el abuelo solía sentarse en la silla que tenía su nombre inscrito en el respaldo, cogía su cuaderno de bitácora y escribía en secreto, me decía que eran instrucciones para el uso de la vida, y que las escribía para que yo las leyera cuando él muriera, porque era ley de vida la muerte, aunque yo no comprendía por aquel entonces exactamente el significado solemne y determinante de aquella palabra. Me decía que aquellas palabras allí escritas podrían serme útiles para continuar mi singladura en la vida sin la compra de demasiados armisticios. Tampoco entonces comprendí aquello de los armisticios.
El abuelo Jasón, al que no siempre entendía, me iba a buscar todos los días al colegio, mamá decía que era su contribución a las tareas domésticas ya que no hacía otra cosa, pero yo sabía que el abuelo lo hacía porque quería, al igual que también yo quería que me viniese a buscar al colegio. Por el camino, que variábamos muchos días, me dejaba pisar todos los charcos de la acera y hasta los del parque poniéndome hasta arriba de barro. Luego diremos que te has caído, me decía, así mamá no nos dirá nada, un resbalón lo tiene cualquiera, ¿no?.
En otoño y primavera solíamos comprar al pipero de la esquina palomitas de maíz y se las dábamos de comer a los patos con cabeza verde del estanque y a esas carpas de tamaño descomunal con los ojos fuera de las órbitas. Los patos parecían conocernos, y nosotros a ellos hasta les habíamos puesto nombre. Por el camino me contaba historias increíbles y fantásticas preludio de nuestras veladas astrales. A veces decía palabras que yo no entendía, e inmediatamente al ver la expresión de mi cara se disculpaba y me explicaba que muchas veces se le escapaban palabras en inglés. Siempre pasa esto- me explicaba-, cuando tratas de sentimientos que sólo has expresado en una lengua, cuando tratas de expresarlos en otras los tienes que traducir y convertirlos en algo fuera de ti, en algo ajeno, que pierdes. Esto lo entenderás cuando seas mayor y cuando tu madre consienta por fin que aprendas otras lenguas y se le quite de la cabeza esa manía de que todo lo de fuera es malo. Y acabarás viendo por ti mismo que el sentimiento no tiene lengua, bueno, - decía sonriendo maléficamente-, al menos que el sentimiento sea demostrado con un beso de pasión de los que se dan en la boca como en las películas, pero tú de esto a tu madre ni pío, que estas son conversaciones entre tu y yo, de hombre a hombre, que no quiero oírle decir que te pervierto con estas costumbres de bárbaros.
Después de largos ratos de cuentos, lodos, barros, estancias en el parque y vueltas por caminos alternativos llegábamos a casa. Y allí nos esperaba la bronca de mamá que no sabía como nos las arreglábamos para tardar cada día mas en llegar, que una está aquí siempre preocupada por si pasa algo, porque nunca se sabe con las cosas que pasan hoy en día. Y por fin, y digo por fin llegábamos al telescopio, al ansiado telescopio del abuelo, allí en el lugar de honor, siempre pulcro y brillante, como nuevo; allí estábamos, en el sitio del abuelo, y cómo era su sitio yo le había regalado por su cumpleaños de hacía ya tres años, con la ayuda del tío Eustaquio, una silla de esas que tienen los directores de cine con su nombre grabado en el respaldo. JASÓN en letras grandes y azules como el cielo.
Desplegábamos los mapas y observábamos ávida y silenciosamente el horizonte. Cuando mas absortos estábamos a sabiendas que detrás de la Estrella Polar gira todo el cosmos un estruendoso grito de mamá nos convocaba para la cena. Yo cenaba rápidamente mientras mamá me recordaba que tenía que masticar unas veinte veces cada bocado, que si no mi estómago tendría que trabajar el doble y eso provocaría digestiones muy pesadas, y ahora era un niño, pero cuando fuese mayor lo pagaría, porque todo en esta vida se paga cariño, todo se paga...
Vamos arriba, acaba ya abuelo, apremiaba yo al abuelo con ansiedad, que ha parado de nevar, y no hace nada de frío, y el cielo se ha aclarado, y podremos verlas hoy todas, corre abuelo, date prisa. El abuelo miraba de reojo a mamá que le repetía por enésima vez siempre en tono de reproche, no, si este niño es igual que tú, pues sí que sí, con uno ya teníamos bastante en la familia. Ahora, Arturo, coge un resfriado y que mañana no puedas ir al colegio, y no aprenderás nada de nada, aunque claro, para lo que sirve el colegio y el aprender, mira tu abuelo, tanto saber, tanto aprender, tanto estudiar, tanto destacar, ¿para qué?, para acabar peor que empezó, mírate papá, vamos, vamos, quién lo iba a decir, ¡ cómo si no hubiera tontos que hablan en inglés!.
¡ Y cerrad la puerta, que me vais a matar de frío!,¡ no si es mas importante ese maldito telescopio que mi reuma, que mis rodillas y que mis bronquios...! clamaba mamá mientras subíamos a la azotea casi sin hacer ruido.Y todo cambiaba, como por encanto. Nuestro techo pasaba a ser entonces la bóveda del cielo y no esas estrellas luminosas que había colocado cuidadosamente en el techo de mi cuarto a escondidas de mamá que siempre se quejaba de que todo lo que se pusiera en la pared acababa estropeándola. Y luego había que pintarla y claro gastarse un dinero en ella. Que el dinero no llueve del cielo.
El peso se aligeraba, y yo sabía por el abuelo, que era porque Atlas estaba sujetando el cielo sobre sus formidables hombros. –Mira abuelo, Perseo nos está guiñando el ojo mientras sujeta la cabeza de Medusa en su mano-, y él, dale que dale con que no era un guiño sino un eclipse intermitente que sucedía cada dos horas. Allí estábamos, Jasón y Arturo, habitando en el Olimpo, sin haber pedido permiso a Zeus, que es el que se ocupa de estas cosas de las licencias en el cielo como el tío Eustaquio en el ayuntamiento. Habíamos ascendido por alguna razón al inmenso cielo.
Así, de broma y de veras, el abuelo me enseñaba a leer en el cielo de la misma manera que en el colegio me habían enseñado a leer las letras impresas de los libros. Supe, que había habido tiempos en los que se habían transformado en estrellas seres divinos, héroes, ó sencillamente, cosas. Había sido como recompensa o castigo a veces, para inmortalizar el amor otras, para proteger a los humanos otras tantas, y por motivos que el abuelo y gente como él trataban de descubrir con el estudio, otras cuántas. Y veía grupos de estrellas que parecían todas juntas dibujar un león, un cisne, un cangrejo, una nave, o un caballo. Pero no eran animales cualesquiera, no, decía mi abuelo, el león era aquel sobre el que resbalaban las flechas y al que el gran Hércules, mi favorito, mi gran héroe, matara con sus propias manos asfixiándole. El cangrejo fue el mismo al que Hércules pisó en plena lucha contra la Hidra, ese gran monstruo que vivía en los pantanos y cuyas cabezas se regeneraban cada vez que eran cortadas como le pasaba al monstruo que atacaba en el tercer capítulo al gran Mazinger Z dirigido por el doctor Infierno. El águila estaba allí por ser el único animal que puede mirar directamente al sol sin arredrarse, y que planea majestuosa acechando una nueva presa como en los grandes reportajes de animales de la televisión. El cisne conmemoraba la transformación del propio Zeus, el dios de dioses, en este bello animal para encontrar a su fugada Némesis, creo que papá no supo nunca muy bien como convertirse en cisne para recuperar a mamá.
Y el abuelo me contó, en secreto, que en el cisne está quizá el agujero negro de nuestra galaxia, de la Vía Láctea, que se llama así porque se había formado con un chorro de leche de la diosa Hera; debían ser muy grandes los pechos de la diosa para tener tanta leche y no como los de mi prima, la que había viajado a París y ahora, según, palabras de mi madre, no podía darle el pecho al niño porque no tenía leche, como tampoco tenía vergüenza.El abuelo, sin querer ni él ni yo, seguía instruyéndome no solo en el conocimiento del firmamento y sus secretos, sin en el duro oficio de vivir, y en el todavía más difícil de dejar vivir. Pero eso no lo sabría hasta muchos años después o quizá no tantos.
Yo me pasaba horas y horas mirando a través del telescopio, buscaba, adivinaba, imaginaba, indagaba y descubría además de águilas, cangrejos, leones y otras figuras que todos veían, balones de reglamento, coches deportivos, bicicletas de montaña, hormigas con alas, e incluso funambulistas caminando por el alambre.Y estas constelaciones no venían en los libros del abuelo, pero él me animaba a seguir desvelando. Siempre hay que buscar algo nuevo, Arturo, si es nueva, no te asustes, dale nombre y hazla tuya hasta que sea de todos, si los demás la quieren.
Otras veces, entre las nubes y la contaminación apenas brillaban las estrellas, ni la luna, y yo me desesperaba dando la noche por perdida, pero el abuelo me consolaba distrayéndome con divertidas historias como aquella “cuando alguien mata un insecto, una estrella se apaga en el universo” “y un destino queda tuerto”” hoy, - decía mirando al cielo mientras esbozaba una amplía sonrisa –alguien habrá estado fumigando”. Y yo me reía, sabiendo que eso no podía ser verdad, pero ya me imaginaba una constelación en forma de pirata con un parche en el ojo izquierdo cuyo nombre era destino.
Mi admiración por Hércules crecía y crecía. Y yo me veía blandiendo una maza arrodillado con una piel de león enrollada en mi cuerpo con el dragón a mis pies como en su constelación de diecinueve estrellas que nunca acababa de contar por mas que lo intentaba. Si hubiera sido Hércules habría liberado a Prometeo del castigo que le fue impuesto por devolver el fuego a los hombres y por haber querido demasiado a los mortales siendo de la casta de los dioses. Creo que papá había querido mucho a mamá y que alguna cuenta pendiente tenía con Zeus, como Prometeo. Mi madre decía muchas veces que mi padre, o mejor dicho ese que decía ser mi padre, otra cosa no pero promesas... las hacia continuamente, total para qué...
Si hubiera sido Hércules habría viajado con el abuelo Jasón en la nave de Argos en busca del Vellocino de Oro para demostrar a mamá nuestro valor y el saber del abuelo, y esta vez no nos reñiría orgullosa de nuestra hazaña realizada solo por y para ella. Por el camino, el abuelo y yo destruiríamos Arpías, que así llamaba mamá a la otra, que le había robado todo al abuelo. Habríamos atravesado estrechos sacudidos por fuertes tempestades, restableciendo la calma con nuestros poderes como pasaba en mi recuerdo con las peleas que de muy pequeño presenciaba entre papá y mamá, que acababan colmándose de besos y promesas una y otra vez poniéndome a mí por testigo.
Habríamos domado bueyes con bálsamos milagrosos con los que araríamos terrenos para plantar dientes de serpientes de los que nacerían guerreros a los que solo se podría vencer asustándoles con una piedra. Habríamos dormido al inmenso dragón que custodiaba el Vellocino con palabras mágicas o con las pastillas esas que mamá consumía siempre que se ponía nerviosa y se acordaba de ese que decía ser mi padre.
Un crudo invierno el abuelo se puso de repente enfermo, una mala gripe mal curada que se había convertido en una neumonía, los años según él y según mamá el maldito telescopio tenían la culpa, porque en esa azotea hacía mucho frío, porque ya podías haberle dejado también ese cacharro a la bruja esa, que como es extranjera no monta seguro en escoba sino en un coche americano de gran cilindrada con todo nuestro dinero en la cartera.
Yo había ido creciendo casi sin darme cuenta y el abuelo consintió, solo mientras estuviese enfermo, que le leyera a los pies de la cama aquellos aburridos textos científicos sobre el firmamento que tan seriamente habían poblado las tres mesas de nuestra azotea. Porque el sitio del abuelo se había ido convirtiendo con su beneplácito también en mi sitio, en nuestro sitio. El mío y el suyo. Y yo ya tenía otra silla de director de cine con mi nombre en el respaldo como la suya y un cuaderno de bitácora secreto que no sabía muy bien como rellenar y que descansaba al lado del del abuelo.
Le leía libros sobre astrofísica, física espacial, física solar y sobre cálculo de tiempos. Aparecían en ellos términos como tiempo universal, tiempo sidéreo, orlo, ocaso y culminación del sol, y extraños símbolos y grafías llenaban páginas y más páginas. Números, cifras y símbolos ilegibles olvidaban las más excelsas prerrogativas de los dioses.
Pude comprender, y esta fue la primera anotación en mi cuaderno de bitácora, que las historias de las constelaciones no dejaban de ser según estos libros serios, metáforas basadas en lo que la ciencia llamaba principio de iconicidad ¡ Qué espanto!. Asumí con dolor que nunca podría acariciar la Cabellera de Berenice, ni ver a las flores abrirse al paso de la sonrisa de Perséfone, ni estrechar entre mis brazos a la hermosa Ariadna después de haber salido con éxito del laberinto, ni ver a mis padres abrazados y queriéndose para siempre.
Las lecturas al abuelo no interrumpieron mis continuas subidas al Olimpo cada vez que me era posible. Observaba, ahora en soledad, la puesta de sol hasta que llegaba la hora de las esperanzas. Buscaba, una y otra vez liberarme del tormento dictado seguramente por los dioses de ver a mi abuelo consumiéndose día tras día sin remedio. El silencio de los dioses dañó la imagen que de ellos tenía. Busqué alivio en la música invocando a Orfeo, el gran Orfeo, una vez que mi otrora admirado Hércules demasiado trabajado y seguramente supersticioso en la realización de su decimotercer trabajo, me hubiese ignorado por completo. Le supliqué al Orfeo que embelesaba a las fieras y hasta a las piedras con su canto que aplacara la ira que los dioses estaban descargando sin previo aviso sobre mi abuelo, el gran Jasón. Pero mis plegarias resultaron desoídas, para entonces Orfeo había sido despedazado y sus restos ya desperdigados por el espacio. La lira, su lira, estaba allá arriba flotando sin que nadie la tocara.
En mitad de una galerna embozada con un aire de ominosa amenaza los dioses nos habían abandonado a nuestra suerte y a nuestra desgracia. Mi promesa, y la experiencia aprendida de Pandora me hicieron resistir la tentación de abrir el cuaderno de bitácora del abuelo en busca de una solución.Una vela negra presidía ya nuestra nave cuando a través de la claraboya de la azotea vi luz en la habitación de la muerte. La riqueza de Jasón, se tornó entonces su cansancio. Así se liberaba mi abuelo de la pesadumbre, extendiendo los brazos hacia el infinito camino del Olimpo.
Cuando bajé a la habitación del abuelo cantaba y se desbordaba el silencio como después de nuestras veladas astrales mas intensas. El médico cerraba cuidadosamente sus ojos todavía entreabiertos. Mi madre rompía el silencio gritando como siempre pero esta vez entre sollozos:-“Papá, papá, ¿me oyes?, papá, si ya te lo había dicho yo, que ese telescopio te acabaría matando, que todo en esta vida se paga, papá, ¿me oyes?, si la lo decía yo ¡ese maldito telescopio!-Arturo, de nuevo en la azotea, leía en voz alta a las estrellas en ausencia de los dioses la primera página del cuaderno de bitácora de su abuelo Jonás.

Pág 1 ( A Arturo. )
Vivir en belleza, pero no en libertad,
¿quién lo puede soportar?.
¿qué harías tú si tu memoria estuviera llena de olvido?.

¿Pero, quién ha dicho que las estrellas no lloran?.

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